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De copas por Escocia

En la hermosa ciudad de Aberdeen, al noreste de Escocia, se inicia una de las muchas rutas del whisky que se pueden hacer por esos lares. El destino final es la destilería de Glen Grant, en Rothes, sorteando antes un paisaje de montañas tenues, verdes impolutos y castillos de ensueño.

por Sara Cucala
ocholeguas.com

Hace años, la ciudad de Aberdeen, al noreste de Escocia, fue un próspero puerto de pesca, un atractivo punto comercial de compra y venta entre los países del Norte de Europa. Desde los años 70, posee uno de los mayores yaimientos petrolíferos del mundo y hoy, esta ciudad, cuyo nombre significa donde concluyen las aguas, no sólo tiene una de las mayores poblaciones de esta parte del país, sino una marcha nocturna digna de parada y disfrute. Aún más, no hay belleza más especial que la de Aberdeen los días en los que las lluvias cesan y esa arquitectura de granito gris comienza a brillar creando un trampanjo de ciudad de plata que la hace única.

Es hasta Aberdeen donde hay que llegar en avión para, desde allí, emprender una de las muchas rutas del whisky que se pueden hacer por Escocia, con el atractivo de trazar la ruta, o bien en tren o bien por carretera, haciendo parada y trago en diferentes destilerías. Es casi una obligación, si se viaja a Escocia, hacer alguno de estos recorridos, con el añadido de la celebración del festival del whisky, Spirit of the West. ¿Quién se resiste a darle un trago a Escocia? Para ello se plantea esta ruta, con un destino: la destilería de Glen Grant, en la localidad de Rothes.

Un camino on the road

Desde Aberdeen hay que coger la A96 que te lleva por rectilíneas carreteras, rodeadas de verdes impolutos, paisajes de montañas tenues y castillos asomando en las lejanías del horizonte. Escocia, y mucho más en esta parte de su geografía, huele a turba, a tierra salvaje. En los campos los vientos gélidos mecen las melenas de cebada de las praderas tranquilas. Y desde primera hora de la mañana, la fauna y la flora se deja ver plácida por sus campos de rocío. La niebla que siempre cubre al sol del amanecer se va desvaneciendo poco a poco, regalando a este rincón del mundo un halo fantasmagórico en extremo atrayente.

Ese es el marco en el discurrirá esta ruta del whisky, 80 kilómetros para bebérselos en trago corto y sin hielo. Vamos dirección a Rothes, al norte de Aberdeen, y a 10 millas de Elgin. Es una pequeña ciudad regada or el río Spey, con su castillo altivo (antigua propiedad del rey Edward I de Inglaterra) y corazón de cinco de las grandes destilerías del país: Speyburn Distillery, Glen Grant Distillery, Glen Spey, The Mothballed Caperdonich y Glenrothes Distillery. El whisky, ese licor de cebada que corre por las venas de cualquier escocés, fue llamado por los celtas algo así como el agua de la vida. No es de extrañar: no existiría el whisky si no se elaborara con excelente agua.

Ni siquiera existiría una parte de la vida de los escoceses si no se le diera un tragito cada día. De hecho, se destilaba en las casas más humildes de las Highlands y se utilizaba el trago como antídoto para resucitar muertos. Quizá por ello, en el siglo XVI, la Iglesia prohibió su consumo, porque resucitaba más que el propio Dios. Comienza así la época de clandestinidad que duró hasta mediados del XVII, época en la que se abrieron las puertas de la primera destilería de nuestro destino, Rothes, la de los hermanos Grant.

Una empresa familiar

Era el año 1840, la prohibición toca a su fin, y dos famosos contrabandistas se hacen con un espacio maravilloso junto al río Spey: los hermanos James y John Grant. Con ellos empezó la historia del whisky de malta y de uno de los tragos más vendidos en el mundo. Tras unos años de elaboración y algún parón en época de entre guerras, en 1872, los fundadores fallecieron y fue un joven llamado James The Major Grant quien, con sus 25 años, heredó la empresa familiar. Con el nuevo capataz vino la revolución de Glen Grant. El joven fue el primero del pueblo en tener coche -que para eso era el casanova de la época- y en poner luz eléctrica en la destilería. También introdujo los alambiques altos y estilizados y los purificadores.

En 1898 construyó otra destilería al otro lado de la calle a la que llamó Glen Grant II. Pero según la ley de la época, dos destilerías no pueden tener el mismo nombre, así que Glen Grant II pasó a llamarse Caperdonich. Entonces, creó el más jardín más hermoso de estas lindes: 27 acres de árboles frutales, las aguas de turba del río Spey, puentecillos de madera y escondrijos donde, aún hoy, se hace parada para catar los whiskies de la familia. La destilería pertenece al Grupo Campari y desde hace un año se puede visitar, degustar, saborear y, ¡por supuesto!, perderse por esos caminos de piedra y turba que rodean a este mausoleo del whisky de malta.







 
 
 
 
 
 
   
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